En los últimos meses, una nueva norma ha generado un fuerte debate en el ecosistema digital: aquellos creadores de contenido con más de 100.000 seguidores están obligados a rectificar públicamente las informaciones falsas o inexactas que difundan. Lo que para algunos es un paso adelante hacia la responsabilidad informativa, para otros supone una peligrosa puerta abierta a la censura.
Una medida pensada para frenar la desinformación
En apariencia, la medida busca algo razonable: que las personas con una audiencia masiva no actúen como medios sin rendir cuentas. La lógica es simple: si una publicación de un influencer puede alcanzar a más personas que una noticia televisiva, ¿por qué no aplicar un estándar similar de verificación o corrección? En plena era de la desinformación, esta exigencia parece un intento sensato de frenar la propagación de bulos que convierten la mentira en contenido viral.
¿Dónde acaba la regulación y empieza la censura?
Sin embargo, la parte polémica está en los detalles. ¿Quién define qué es “información falsa” y bajo qué criterios se obliga a rectificar? La frontera entre opinión y hecho no siempre está clara. Una reflexión política, una reseña negativa de un producto o el simple comentario sobre un tema sensible pueden interpretarse de muchas maneras. Si el deber de rectificar depende de una autoridad central o de denuncias masivas de usuarios, el riesgo de manipulación o censura es evidente. No se trata solo de proteger la verdad, sino también de preservar la pluralidad.
Influencers, medios o simples comunicadores
Además, no todos los influencers son periodistas ni pretenden serlo. Muchos son comunicadores espontáneos, creadores de entretenimiento, activistas o divulgadores que comparten su perspectiva del mundo. Imponerles responsabilidades equivalentes a las de un medio de comunicación profesional puede terminar generando autocensura. Algunos podrían optar por evitar temas polémicos, renunciando así al debate público que precisamente da vida a las redes.
La rectificación en la práctica
Por otro lado, la norma también plantea una cuestión práctica: ¿cómo y dónde se debe rectificar? ¿Basta con borrar el contenido erróneo o hay que publicar una corrección visible? En plataformas donde la atención dura apenas segundos, conseguir que la verdad circule con la misma fuerza que el error es casi una misión imposible.
Responsabilidad sin mordaza
Aun así, no se puede negar que la influencia tiene consecuencias. Millones de seguidores significan poder simbólico y económico. Y con poder viene la responsabilidad, como bien repiten en cualquier manual de ética digital. Tal vez la clave esté en encontrar un equilibrio: establecer un marco que fomente la transparencia sin coartar la libertad.
Una conversación que apenas comienza
La discusión apenas comienza, y es importante que participemos todos —usuarios, creadores y plataformas— para que esta norma no se convierta ni en mordaza ni en excusa para la impunidad. Porque en última instancia, lo que está en juego en las redes no es solo la libertad de expresión, sino la confianza colectiva en la conversación pública.